Ejército Republicano. Asturias septiembre 1937

LA LEGIÓN CÓNDOR EN ASTURIAS EN 1937. COMENTARIOS DEL GENERAL ADOLF GALLAND EN SUS MEMORIAS.

Contra los dinamiteros asturianos

Constantemente nos preocupábamos por el mejoramiento técnico y táctico de nuestra arma. Recuerdo, por ejemplo, que en los ataques que librábamos contra las posiciones montañesas de Oviedo, ensayamos por primera vez algo así como el bombardeo «en alfombra» que habría de emplearse en la segunda Guerra Mundial. Debo observar al respecto, que aquel intento era insignificante si se compara con el que los aliados realizaron y denominaron así posteriormente.

Los «dinamiteros», según se llamaba a los mineros asturianos que integraban la mayoría de las tropas rojas en Oviedo, eran artistas consumados como zapadores. Con las mismas herramientas que anteriormente utilizaban para su labor pacífica, habían creado, en las salvajes anfractuosidades de aquellas sierras, verdaderas obras maestras de fortificaciones, trincheras, casamatas y nidos de ametralladoras. Una altura defendida por semejante sistema de posiciones y una tropa decidida, podían llegar a ser inexpugnables para los medios que en aquel tiempo se disponía. Visto desde el aire, aquello se asemejaba a los ornamentos con los que se suelen adornar las cajas de muertos, y por este motivo, les dimos el nombre de «posiciones de tapa de ataúd». Incluso nosotros, los aviadores de ataque, poco podíamos contra ellas. Si atacábamos, los rojos se echaban a tierra y nuestras bombas, arrojadas una a una y al azar, estallaban sin causar mayores efectos.

Esto nos sugirió la idea de intentar lanzamientos en masa. Nos acercábamos a las posiciones desde atrás, por entre los precipicios, en formación cerrada y a escasa altura, y atacábamos la cima en vuelo rasante. A una señal dada, lanzábamos las bombas a un mismo tiempo y aquellos

regueros producían efectos concentrados. Denominamos aquello «bombardeo en alfombra del hombre pobre», debido a que, aún así, era relativo el daño que podíamos causar con tan pequeña carga de bombas. También inventaron mis mecánicos una especie de bomba Napalm rudimentaria. Montaron sobre un recipiente lleno de gasolina o de una mezcla de esta con aceite usado de motores, una bomba incendiaria y otra de fragmentación, que tras el impacto incendiaban y desparramaban el contenido. Aquellos artefactos eran muy rudimentarios, pero no dejaron de surtir sus efectos. Paso a paso fuimos reuniendo experiencia; practicamos por iniciativa propia todo género de mejoras y enviamos voluminosos informes a Berlín.

Museo de Bellas Artes de Álava: Tríptico de la Guerra de Aurelio Arteta, pintado en Biarritz en 1937-38. “El Mazuco”

El 25 de agosto cayó Santander tras largos y encarnizados combates, en los cuales se distinguieron especialmente la IV y V Brigada Navarra. Nos trasladamos a Llanes, la base más curiosa desde la cual haya volado nunca. Estaba situada sobre una meseta, cuya ladera norte caía abruptamente sobre las aguas profundamente azules del Golfo de Vizcaya. 

Antiguo aeródromo de Llanes. Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=xUJP6kjaMis)

Las tres faldas restantes poco tenían que envidiarle en lo violento del declive, de manera que aquello era como si despegáramos desde la azotea de un enorme rascacielos junto al mar. Los estrechos límites del aeródromo estaban guarnecidos por sólidos cercos de alambre tejido para evitar posibles caídas de aviones. El conjunto era similar a una cancha de tenis de gran tamaño. Aparte de su pintoresca belleza —a un lado la amplia visión sobre el Golfo de Vizcaya azul y al otro el escarpado paisaje montañés asturiano, que se extendía hasta los picos de Europa cubiertos de nieve—, Llanes nos ofrecía la ventaja de su proximidad inmediata al frente. Desde allí realizábamos hasta siete incursiones en un solo día. 

(Fuente La Voz de Asturias https://www.lavozdeasturias.es/noticia/asturias/2022/06/16/infierno-mazuco-bombas-incendiarias-quemaban-vegetacion-rocas-hombres/00031655393937365492535.htm)

Teníamos que abastecernos de combustible cada dos salidas, de modo que en situaciones críticas o cuando mediaban objetivos particularmente importantes, nos aprovisionábamos con los motores en marcha. En Llanes se registró cierta vez un episodio tragicómico. La escuadrilla había cumplido una misión difícil y la crítica subsiguiente, que era presidida por el Jefe del Grupo, se prolongó un tanto. Advertí entonces que uno de los pilotos se mostraba más y más intranquilo y especialmente me llamó la atención que se llevara las manos repentinamente a la parte posterior de sus pantalones. Apenas hubo terminado la crítica se adelantó: «El suboficial primero Otte solicita permiso para retirarse». Por mi parte estaba un poco enojado. «¿Por qué? —le pregunté—. ¿Acaso tiene llenos los pantalones?». —«Sí, mi Teniente Primero… ¡Impacto en él…!». El suboficial primero Otte tuvo que pasar unos días boca abajo en la enfermería.

A pesar de la desesperada y muy hábil resistencia del enemigo, las tropas de Navarra y los Requetés, de actuación no menos brillante, se apoderaron de una posición tras otra y el 21 de octubre de 1937 tomaron por asalto a Gijón, el último baluarte rojo en el Norte. La «cuenca del Ruhr» española se hallaba ya en manos de Franco, quien controlaba a la sazón 35 de las 50 ciudades de provincia de la península. 

Como todo lo que habíamos contribuido a conquistar desde el aire, contemplamos entonces también a Gijón desde la superficie. Allí los restos de las fuerzas enemigas habían estado comprimidos en un espacio estrechísimo. Cayeron en manos de los nacionales grandes cantidades de material de guerra y mi parte del botín consistió en un Oldsmobile que ostentaba aún la insignia de un General republicano.

Oldsmobile 1937

En aquellas posiciones tan ferozmente disputadas y en los caminos de retaguardia, pudimos apreciar claramente los efectos de nuestros ataques rasantes. De tales inspecciones del terreno recién conquistado obteníamos valiosas experiencias y, además, teníamos ocasión de establecer o renovar vínculos personales con las fuerzas de tierra. Una de las particularidades de la guerra civil española fue que los frentes no siempre estuvieron perfectamente determinados. Esto nos costó en Gijón tres pilotos, que por desconocimiento se internaron en automóvil hasta las mismas líneas enemigas, donde fueron cogidos prisioneros”.

Adolf Galland (segundo por la izquierda) con otros miembros de la Legión Cóndor en 1937


Memorias. Los primeros y los últimos, Adolf Galland, páginas 79 – 83. Edición epublibre 2018


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